A Sara la despertó una repetitiva y algo distorsionada música de feria, entreabrió los ojos y no pudo vislumbrar nada, estaba sumida en una absoluta negrura, sentía algo de miedo pues pese a no ver nada intuía no estar en un lugar del todo conocido. Se incorporó algo desorientada y sintió el suave tacto de su peluche Bob, lo tomó entre sus manos con fuerza como si el solo hecho de abrazarlo aliviara el miedo que sentía.  Sus pequeños e inocentes ojos se acostumbraron poco a poco a la nauseabunda oscuridad y se percató que estaba en un coche y le resultaba vagamente familiar.  Se puso de rodillas en el sillón apoyando sus minúsculas manos en la ventana de cristal y pudo vislumbrar a lo lejos un caos de luces, gente y un hermoso tiovivo que no paraba de dar vueltas. Se quedó unos segundos ensimismada con el vaivén del tiovivo. Cuando se cansó de mirar el tiovivo se sentó y se abrigó ya que un fuerte escalofrío la había sacudido con saña. Al taparse se percató que se trataba de su manta preferida, la manta suave como la llamaba ella, a su derecha había una almohada , su almohada.  A Sara se le escaparon unas lágrimas de miedo al no entender nada de lo que estaba sucediendo.  Se dio cuenta que estaba acompañada por su manta suave, su almohada y su peluche Bob, pero ni rastro de su madre. Intentó abrir la puerta del coche, sin mucho éxito se percató que estaba el seguro puesto, lo abrió no sin cierta dificultad y un helado aire entró por la puerta ya abierta del desvencijado escarabajo, el coche de su madre. Dudó unos segundos y pensó que quizás no era buena idea salir a buscar a mamá. Agarró con más fuerza a Bob y puso los pies en el suelo, gimió, el suelo estaba lleno de pequeñas piedras que se le clavaban en los pies. Su ligero pijama de ovejas no era adecuado para la temperatura, pero aun así eso no la animó a entrar de nuevo en el coche, cerró la puerta del coche no sin antes asegurarse que el seguro no estaba puesto y se dirigió dubitativa hacía el tumulto  de gente, voces y a aquel maravilloso tiovivo.  Pese a su corta edad, Sara se paró varias veces girando la cabeza hacia el coche para no desorientarse pues sabía que si no encontraba a su  madre tendría que regresar al resguardo del coche. Cuando dejó el aparcamiento atrás entró de lleno en la feria, solo veía piernas y nadie parecía percatarse de la presencia de Sara. Sara que no llegaba al metro de estatura, con su frágil pijama azul de ovejas y su peluche en la mano derecha y su pelo alborotado, se llevó el dedo gordo a la boca y lo chupó con fuerza eso le transmitía seguridad y siguió caminando entre todas aquellas piernas , era imposible encontrar a su  madre sin ver rostros así que  se paró en seco y dio media vuelta dispuesta a regresar al coche. Inició el camino de vuelta no sin cierta dificultad pues muchas piernas le cerraban el camino y la hacían desviarse. Sara empezó a sentirse totalmente desorientada, apretó más fuerte a bob, se introdujo más profundamente el dedo en la boca hasta morderlo y continuó caminando. En medio de la desorientación y el miedo recordó que desde el coche se podía ver el tiovivo así que busco con la mirada las luces del tiovivo, pero no lo encontraba, la frágil seguridad de Sara  que solo era niña de cinco años  empezaba a flaquear , se detuvo y comenzó a llorar, tenía mucho miedo, no lograba ver a nadie ,estaba en medio de un caos de piernas que se movían y se sintió invisible , nadie se había percatado que estaba ahí. Siguió avanzando con lágrimas en los ojos e intentando no comerse sus propios mocos. Pensó que quizás no había sido buena idea salir del coche e ir en busca de mamá y se prometió a sí misma no hacerlo más. Sara encontró el tiovivo y se dirigió al coche, estaba exhausta, recorrió los últimos metros jadeante y casi saltando para no clavarse las piedras y sintió un reconfortante calor y alivio al entrar en el coche, cerró la puerta con fuerza, puso el seguro, se acurrucó en una esquina se tapó  sumiéndose en un profundo sueño.

 Entraba los primeros rayos del sol cuando Sara se  despertó al escuchar el ruido de la puerta del coche al cerrarse, abrió los ojos asustada pero  la voz y la presencia de su madre la tranquilizo así que volvió a cerrar los ojos feliz y ya no pudo escuchar lo que su madre decía – vaya noche Luisa , menos mal que no nos quedamos en casa porque no tuviera con quien dejar a Sara, mírala ni se ha enterado , toda la noche durmiendo plácidamente, si es que no debemos de dejar que nuestros hijos nos coarten la libertad.

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